Mi cuerpo es bañado, alimentado y medicado por tres personas seleccionadas al azar de entre la audiencia. La acción culmina con la utilización de 618 moscas vivas que son repartidas a los asistentes. Una mosca doméstica vive un máximo de 25 días. El número de moscas utilizadas en la acción equivale a mí vida hasta esa fecha (25 años, 4 meses, 28 días y 20 horas). Vivo con un padecimiento renal crónico y degenerativo, a través de esta acción exploro dicha condición de enfermedad. 

Lo que viven las Moscas
Performance presentado en Galería Libertad, Querétaro, México, el 12 de Agosto de 2016.


Proyecto autobiográfico donde se exploran los procesos de decadencia del cuerpo enfermo, junto con sus implicaciones sociales.

Basado en las relaciones simbiótica-parasitarias, donde un organismo se beneficia a costa de otro, reflexiona alrededor de la imposibilidad de enfrentar los escenarios cotidianos, que por más simples o básicos que parezcan, se convierten en obstáculos inaccesibles y por lo tanto implican la intervención-colaboración de otro organismo que ayude al primero.

El artista entabla una comunicación con su entorno a partir de su propia condición de vulnerabilidad propiciada por el padecimiento renal crónico y degenerativo conocido como Glomeruloesclerosis focal y segmentaria, que permite un diálogo en código abierto sobre los temas de la permanencia, la debilidad, la esperanza de vida y la resistencia. «Lo que viven las moscas» es una fábula contemporánea cuya moraleja no debe ser contada.

Difusión LQVLM Lechedevirgen Fotografía Herani Enríquez

Reseña de Arantxa Salazar

Frente al público está sentado el artista Lechedevirgen Trimegisto, sin mirar a nadie, absorto en la inmovilidad, es un cuerpo puesto para ser atendido, puesto en manos de sus espectadores.

Tres personas lo alimentan, lo visten y lo medican, se les ven tratos cuidadosos, temerosos e incluso cariñosos ante esta persona que los necesita, pero estar frente a un puñado de ojos que los evalúa y con alguien que no responde, que no se sostiene por sí mismo, comienza a volverse difícil y luego de un rato se les ve la desesperación y los movimientos se hacen un poco más bruscos, ¡por qué no te mueves, por qué no lo haces solo!… Todo esto en diez minutos, entonces, ¿qué pasa con una vida puesta a disposición de quien está enfermo?

Un estado parasitario es lo que el artista trata en este performance que lleva por nombre “Lo que viven las moscas”, es un trabajo autobiográfico donde se muestra el proceso de una enfermedad degenerativa y cómo es que la persona se vuelve dependiente de otros al tener un estado de vulnerabilidad. Se hace una analogía con las moscas las cuales comen de una manera específica y viven en un lapso muy corto, al igual que el sujeto enfermo.

Todo el acto se da en un ambiente de incertidumbre. Están las personas con esas miradas esperanzadas de lo grotesco, lo tajante, la sangre chorreante o cualquier otra cosa irreverente que ha caracterizado el trabajo del performer, pero en esta ocasión nada de eso pasa. Nada demasiado explícito. Sin embargo, no puedo imaginar algo más franco que la persona que muestra sus propias dolencias, quien se desenmascara y se muestra débil ante una sociedad que exige agresividad y fuerza.

Para los ojos implacables y curiosos de todxs los que fueron porque les contaron que este chico hace “cosas raras”, para todxs ellxs, allí esta, devórenlo, el acto tan simple como sentarse y desafiar a través del diálogo sincero.Claro que dan ganas de mirar a otro lado porque no quiero conocer a nadie que me diga que podría entrar en una fase terminal, no quiero mirar porque me hace pensar en mis aquejantes dolores, en las personas cercanas a mí que tuve que ver sufrir, no quiero verlo porque me lastima su imagen frágil y no puedo hacer nada.

Efectivamente, el performer no está hablando de una problemática social sino de una cuestión muy personal, pero, sin duda, la simplicidad de las cosas es lo más impactante que uno pueda ver. El desnudo de esta ocasión apuntaba a la parte más íntima del alguien y no me refiero a la desnudez del cuerpo sino a aquella que uno quisiera cobijar porque se siente impotencia. Es un acto directo en el que Lechedevirgen nos permite asomarnos a su privacidad y en el transcurso sentir empatía hasta el punto en que quienes llegaron por morbosidad pasaron a la angustia.

Agosto 2016.

Nota en Diario de Querétaro por Alondra Jímenez:

LQVM Diario Qro

Epílogo: Breve reflexión entre los zumbidos. 

La acción finalizó con la repartición de 618 moscas, mismo número que equivale a mi vida. Una única persona se rehusó a aceptar las moscas. En ese momento decidí quedarme inmóvil enfrente de él, deteniendo la performance y por consiguiente congelando el tiempo que transcurría en la galería. Poco a poco la tensión en el ambiente se hizo cada vez mayor. Dicha parálisis debió durar cerca de cinco minutos, pero para todos los presentes pareció durar una eternidad. Mientras el tiempo transcurría, esta persona trataba de convencerme para continuar la performance, refiriéndose a mi trabajo como «un acto simbólico de curación» en un tono sarcástico y con tintes de crítico de arte, ante todos sus comentarios, reflexiones y teorizaciones yo permanecí, por supuesto, inmóvil. Al cabo de un largo rato el resto de la audiencia decidió confrontarlo, haciéndole ver que su presencia no era estrictamente necesaria e invitándolo a no ser parte del performance, si así lo deseaba. Cuándo otra persona del público le dijo «Te está dando un pedazo de su vida» refiriéndose a las moscas que no quería aceptar, él se volvió a negar y agregó que se trataba de un «espectáculo». Tras un cansado debate, el personaje en cuestión decidió abandonar la sala, expulsado por la decisión unánime de los presentes, quienes concordaron un pensamiento colectivo, que dejaba en claro que él era un extraño, un extranjero, un turista, que había chocado su nave en el planeta llamado performance, y ahora se veía en la necesidad de abortar misión.
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Al irse, la performance continúo como estaba pensada. Resalto este acontecimiento porque lejos de todo tipo de análisis teórico-crítico (como el que pretendía ejercer dicho personaje) está performance la hice por una única razón: encontrar la fuerza en mi interior para sobreponerme ante cualquier obstáculo, ante la enfermedad, ante la muerte. El saber que fue el público quién le pidió amablemente irse y dejarnos continuar con el performance, me llena de alegría, porque significa que si el arte sirve para algo es para crear diálogos,  puntos de encuentro, comunidades, lazos.

El haber «ganado» esta «batalla» (que yo no inicie, por cierto) en la que él habló mucho y yo ni siquiera moví un músculo me recuerda que la mayor fuerza es la que no se emplea. Esto era lo que yo necesitaba que ocurriera. Agradezco el saber sacar lo mejor de lo peor, y encontrar en mi mismo la fuerza que me permite seguir de pie, hoy y siempre. «Lo que viven las moscas» me ha hecho más fuerte, y eso ningún «crítico de arte» ni nadie más me lo puede quitar.

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Fotografías por Herani Enríquez «HacHe»
Video por Michael Carroll
Producción Alexis H. Escalante, Sorshamn Lara, Eduardo Olvera y Roja Ibarra
Agradecimiento especial a Galería Libertad y Paulina Macías.

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